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MI DESCARGO A MI DENUNCIA EN REDES

PERCEPCIONES Y MALENTENDIDOS

HOCKEY EN SIN CONTEXTO

A veces el hockey enseña mucho más que a empujar una bocha.
A veces también enseña algo sobre cómo funcionan las percepciones, las redes sociales… y los malentendidos.

Hoy jugamos con la sexta división contra Banco Nación.
Antes del partido sabíamos algo importante: probablemente ellos eran mejores que nosotros. Y no pasa nada con eso. En el deporte —y en la vida— uno no siempre es el mejor.

Lo que sí sabíamos era otra cosa: que este grupo de chicos viene trabajando muy bien desde hace años.

Y el partido fue, sinceramente, increíble.

No porque ganamos (no ganamos).
No porque dominamos todo el tiempo (no dominamos).
Fue increíble porque los chicos compitieron, porque se animaron, porque intentaron jugar hockey de verdad contra un rival muy fuerte.

Como entrenador, terminé el partido orgulloso.

Pero cuando fui a saludarlos empecé a ver algunas cosas que no me gustaron nada:
algunos señalando a compañeros por la derrota,
otros que no saludaban al rival,
otros llorando desconsoladamente,
otros diciendo frases típicas que en el fondo no ayudan a crecer.

Ahí pasó lo que suele pasar cuando un entrenador siente que tiene que intervenir.

Los metí en el vestuario.

Y los reté.
Vehementemente. Muy vehementemente.

No contra ellos.
Contra las actitudes.

Les dije cosas como:

“Me chupa la verga haber ganado ese torneo de 7ma.”
“Me chupa la pija ganar o perder este partido.”

Sí. Palabras fuertes.

Pero el mensaje era otro: que el hockey no se trata del resultado inmediato. Que el hockey no se trata de un torneo ganado hace un año. Que el hockey no se trata de buscar culpables.

El hockey se trata de crecer.

Nuestro objetivo como entrenadores no es que estos chicos ganen un partido de sexta división.
Nuestro objetivo es que algún día jueguen en primera.

Y cuando uno mira a este grupo, ve claramente que hay jugadores que están creciendo mucho. Jugadores que si siguen trabajando así van a estar muy cerca de ese objetivo.

Mientras hablábamos se veía en sus caras algo muy claro: entendían el mensaje.

Entendían que estaba orgulloso de ellos.
Entendían que el reto no era por el partido.
Entendían que el reto era para ayudarlos a mirar más lejos.

Terminamos la charla, nos saludamos y salimos del vestuario.

Todo parecía haber sido una charla intensa, sí, pero positiva. De esas que a veces quedan grabadas.

Hasta ahí, todo normal.

Pero en el espacio que hay entre los vestuarios del estadio de hockey de Godoy Cruz había una señora que escuchó algunos insultos desde afuera.

No vio la charla.
No escuchó el mensaje.
No sabía el contexto.
No sabía lo que había pasado en el partido.
No sabía lo que se dijo antes ni después.

Escuchó algunas palabras sueltas desde una puerta cerrada a unos 15 metros.

Y con esa información decidió reconstruir lo que —según su imaginación— estaba pasando dentro del vestuario.

Según esa reconstrucción, yo estaba maltratando a los chicos por haber perdido.

Y con esa reconstrucción decidió hacer una denuncia pública en redes sociales.

Una denuncia que habla de maltrato, de violencia y que incluso llega a comparar la situación con delitos gravísimos.

Confieso que cuando me mandaron la captura del post fue un golpe durísimo.

Yo trabajo full time de esto.
Entreno chicos hace años.
Coordino estructuras deportivas.
Mi carrera está completamente ligada a la formación de jugadores.

Durante algunas horas pensé lo peor.

Porque hoy en día una publicación en redes sociales puede manchar una carrera en minutos.

Después respiré.

Y pensé algo muy simple: si no tengo nada que esconder, lo mejor es actuar con transparencia.

Lo primero que hice fue mandar la captura al grupo de padres de los chicos que supuestamente habían sido agredidos.

El mensaje fue muy simple:

“Buenos días.
Post partido he retado vehementemente a los jugadores por no tomar dimensión del gran partido que habían hecho.
Quiero por favor les pregunten a ellos el mensaje que les di.
Porque los insultos fueron al torneo ganado en 7ma, al partido perdido en 6ta y a las cosas que no nos hacen tomar verdadera dimensión del buen trabajo que están haciendo.
Simplemente se los quería compartir, pero obviamente ella está tergiversando el mensaje.”

Nada más.

Que hablen los chicos.
Que hablen los protagonistas.

También envié la captura a la subcomisión del club.
Exactamente por el mismo motivo: no tengo nada que esconder.

Las respuestas empezaron a llegar.

Los padres hablaron con sus hijos.
Los chicos contaron lo que había pasado en el vestuario.
El mensaje había sido entendido exactamente como yo creía.

El apoyo fue inmediato.

No porque yo sea de Murialdo.
No porque “los de afuera son de palo”.

Sino porque preguntaron a quienes realmente estaban ahí.

La subcomisión también le quitó mayor importancia al asunto, lo que me trajo tranquilidad.

Pero no voy a mentir: fueron horas difíciles.

Horas en las que uno entiende lo frágil que puede ser una reputación.

Porque a veces alguien con buenas intenciones puede tomar una decisión muy grande con muy poca información.

Y ahí aparece lo irónico de toda esta historia.

La señora probablemente quiso ayudar a los chicos.

Pero para hacerlo decidió denunciar públicamente algo que no vio, algo que no escuchó completo y algo que no preguntó.

Un pequeño detalle metodológico.

Porque a veces entre “escuché algo” y “voy a denunciarlo públicamente comparándolo con delitos graves” hay algunos pasos intermedios que pueden ser útiles.

Por ejemplo:

preguntar.
averiguar.
informarse.

Incluso —idea revolucionaria— hablar con alguno de los chicos.

Nada de eso ocurrió.

En cambio, se eligió directamente el camino de la denuncia pública.

El problema es que ese tipo de decisiones no son inocentes.

Porque una publicación así puede afectar carreras, reputaciones y trabajos de personas que llevan años dedicados a formar chicos.

Afortunadamente, en este caso, quienes realmente importaban —los jugadores y sus padres— sí sabían lo que había pasado.

Y eso terminó poniendo las cosas en su lugar.

Pero la experiencia deja una reflexión interesante.

Hoy vivimos en una época donde una puerta cerrada, una frase escuchada a medias y una imaginación fértil pueden transformarse en una historia completa.

Una historia que además se publica como si fuera verdad.

Y ahí es donde el contexto deja de existir.

Por eso quizás el título de este texto tenga sentido.

Hoy no es Hockey en Contexto.

Hoy fue Hockey sin contexto.

Y cuando se pierde el contexto, cualquier historia puede parecer otra cosa.

Incluso una charla dura pero llena de orgullo puede transformarse —misteriosamente— en una escena de maltrato imaginario.

Por suerte, los protagonistas de verdad sí estaban dentro del vestuario.

Y ellos sí entendieron el mensaje.

Que era simple:

Estoy orgulloso de ustedes.
Sigan creciendo.
El hockey es mucho más grande que un resultado.

Aunque a veces, afuera del vestuario, alguien escuche solo las malas palabras.

Hockey en contexto (esta vez sin contexto)
GABRIEL HERRERA

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2 replies on “MI DESCARGO A MI DENUNCIA EN REDES”

Yo no lo conozco personalmente, pero me han dicho muy buenas cosas de este hombre, un gran entrenador y gran persona. El, como entrenador, tiene todos el derecho de utilizar esas palabras como motivación para su equipo o para retarlos. Los padres no pueden comentar en estos casos porque ellos nunca han estado en los partidos, vestuarios ni entrenamientos. Y en algunos momentos el niño o niña exagera las cosas solo por estar enojado. En fin, suerte para este hombre, un entrenador, una persona, que puede cometer errores.

“Qué importante recordar que detrás de cada publicación hay personas, historias y contextos que muchas veces desconocemos. Exponer a alguien públicamente a partir de interpretaciones o fragmentos de una conversación, sin verificar ni preguntar primero, puede generar daños muy difíciles de reparar. La comunicación responsable empieza por algo básico: si hay dudas, preguntar; si hay inquietudes, hablar en persona; y siempre respetar la privacidad de las conversaciones. Cuidarnos también implica ser prudentes con lo que decimos y cómo lo decimos.”

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